
“Buenas tardes, California. Mi nombre es Benito Antonio Martínez Ocasio…”. El show del cantante puertorriqueño Bad Bunny, el pasado domingo en el intermedio de la Super Bowl, un despliegue de orgullo hispano, una reivindicación de América más allá de las fronteras y de la doctrina Monroe, ha provocado una irritación enorme en el presidente Donald Trump y en todo el movimiento Maga por su uso del español y del boricua, el dialecto de Puerto Rico. La cadena ultraconservadora Fox hablaba de “choque cultural” y de “barreras lingüísticas” por no cantar en inglés. Hasta la segunda presidencia de Trump, EE UU no había tenido al inglés como lengua oficial. En la vida real, más allá de la xenofobia, como ocurre en casi todos los países del mundo, la existencia de diferentes idiomas enriquece a los países, no los debilita.La idea de que un Estado fuerte solo puede tener un idioma comenzó a imponerse tras la Revolución francesa y se ha convertido en una obsesión de las derechas de medio mundo, incluyendo España. A partir del siglo XVIII y con más intensidad desde el siglo XIX, con la consolidación de algunos Estados europeos, poco a poco se fueron imponiendo las lenguas nacionales, en algunos casos, como en Francia, de manera arrolladora. El historiador Graham Robb dedica un capítulo de The discovery of France, un ensayo sobre la sociedad y la historia de Francia, a las lenguas desaparecidas en este país por culpa de los esfuerzos del abad Grégoire tras la Revolución. Consideraba que “sin lenguaje nacional, no podía haber una nación” y se puso como misión casi divina “exterminar los patois”, los dialectos regionales.Más informaciónEn total, Robb cifra en 55 el número de lenguas, dialectos y subdialectos que alguna vez se hablaron en Francia. Muchas se han quedado por el camino. En 1977, se extinguió el shuadit o judeoprovenzal, un dialecto del occitano, que sobrevivió a siglos de persecuciones, pero no a la globalización. En Italia, donde se dice que la lengua de Dante no se impuso hasta la llegada de la televisión pública, la pequeña isla de Burano trata de mantener vivo el buranello, un dialecto del veneciano, que es a su vez un dialecto del italiano. En la isla de Jersey, en el Canal de la Mancha, quieren conservar el jerseyés, una variante del anglonormando, que alguna vez se habló en toda Inglaterra y que está siendo devorado por el inglés.El abad Grégoire —y Donald Trump— no pueden estar más equivocados: una lengua no forma una nación. La diversidad lingüística es una de las grandes riquezas de un país porque cada idioma construye una forma de mirar y describir al mundo, cada palabra encierra su propia historia. El historiador Eduardo Manzano Moreno lo explica muy bien en España diversa: “Nunca se ha hablado un solo idioma en la península Ibérica a lo largo de la historia”. “Comparado con países de nuestro entorno como Francia, Alemania o Italia, España ha preservado una singular riqueza lingüística, que convive con la proyección global que ha permitido al castellano codearse con otras lenguas universales”, prosigue. El español forma parte de la historia de Estados Unidos desde antes incluso de su nacimiento como nación, hace 250 años. “Estados Unidos no se entiende sin el español. Se trata de un hecho incontestable. Históricamente, llegó a lo que es hoy territorio norteamericano antes que el inglés”, escribió Eduardo Lago en este diario en 2025 cuando Trump impuso el inglés como lengua oficial. Además, están las 150 lenguas que hablan las diferentes naciones nativoamericanas. Durante la Segunda Guerra Mundial, el idioma de los navajos (diné) fue utilizado como código en la guerra del Pacífico porque los japoneses eran incapaces de descifrarlo. En el mundo de los wésterns, que glorifican los ultranacionalistas estadounidenses, se hablaban lenguas de todo el mundo: el mandarín, el yidís, el noruego, el sueco, el español… que siguen formando parte de la historia de EE UU. Los amish hablan un dialecto del alemán conocido como holandés de Pensilvania: los miembros de esta comunidad se expresan en este idioma en casa, en alemán culto en la iglesia y en inglés en la escuela. La cultura y la vida cotidiana de EE UU siguen fluyendo, sin ningún problema, en ese universo lingüístico rico y diverso.Una exposición en el MUVI, un ecléctico y divertido museo en la localidad extremeña de Villafranca de los Barros, mostraba el pasado verano la colección del tintinólogo Juan Manuel Manzano Sanfélix que recoge álbumes del personaje de Hergé en todos los idiomas a los que ha sido traducido. Naturalmente, se expone el Tintín en castúo, la variante extremeña del castellano, donde Las joyas de la Castafiore se convierte en Lah jalajah de la Cahtafiore y Objetivo: la Luna se transforma en Jabemoh andao por la luna. Estaba la edición de La isla negra en sefardí, La izla preta, o en romaní, Kali Ada; un volumen traducido también al cadaquesence, un dialecto del catalán que se habla en esta localidad, aislada durante mucho tiempo: L’illa negra. Parece un galimatías lingüístico, pero viendo las portadas no existe ningún problema de comunicación. Esa fabulosa colección de tebeos muestra una de las grandes riquezas de cualquier sociedad: su diversidad lingüística.La comunicación, como demuestran las 136 traducciones de Tintín, va mucho más allá del idioma en el que se lea, se escriba, se piense, se ame o se hable. Detestar que en un Estado se utilicen diferentes lenguas y dialectos significa no haber entendido nada de la historia de su propio país y, lo que es todavía peor, de su futuro. No hace falta hablar español ni inglés para entender a Bad Bunny: “Welcome to the calentón”.
“Welcome to the calentón”: ninguna nación habla y piensa en una sola lengua | Cultura
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